Versan mis ojos fotografiados
en la certidumbre del pasado,
semillas esparcidas en las horas
de un telescopio desahuciado
por la química.
Las lentes reflejan mi cuerpo
que se descompone
en partículas de carbono
al tacto de mis pulmones con el anti-aire,
en múltiple alarido.
Empiezo a mear lejía
que es el cloro
para desinfectar mis mareas,
y bebo precisamente
de la fruta que no se altera
cuando me altero, y viceversa.
Tropiezo en cada subidón de gasolina
al fumar desde las esquinas verdes,
y enverdece mis pupilas
en mi pensamiento primitivo.
Me reniego y me expulso,
la tierra ya fue invadida,
cinco soldados terrestres
discutieron la derrota reñida.
El museo de réplica natural
ha sido restaurado,
en él embalsamado
la única estima de polvo
del último hombre.
Ladrones de invernaderos
aporrean sus dientes mellados
y ayunan atemorizados
a que sane la cordura.
La soledad de las estrellas,
arriba, en lo alto,
llueve acompañadas
por almas sin temperatura.
Por esto que pasa
y esto que me pasa
toma, inhala y sueña,
recuerda lo que no sabes,
olvida el polvo,
enluta la mala profecía,
y no tires de la cadena
cuando la inquietud te lo pida.
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