La música que suena
ya no va conmigo.
A mí me persigue un ruido
tan agónico y punzante,
que no tengo escapatoria.
Ese ruido habla por mí
y por mi garganta rota,
como una enredadera
lo siento y lo presiento,
sin conocerle.
Ese ruido me hace autista,
y cuando quiero un juguete
no lo quiero, pero nunca al revés.
Por eso cuando hablo nadie entiende
mi forma de libertad,
que es seguir escapando.
Por eso la música
-esa que suena-
se perdió para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario