Sé que algo se esconde en la noche idiota
por las ciudades muertas de deseo,
y es a la muerte misma la que veo
danzar de angustia con el alma rota.
Sus calles dibujan, junto su sombra,
coléricas voces que vierten luces
y discuten en coches y autobuses
pisoteando su cielo de alfombra.
La muerte ya no tiene paradero
y los escombros de su silencio
edifican minutos de aguacero.
Su epitafio aparece en un anuncio
donde los besos no llevan te quiero
y donde correr es de sano juicio.
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